Concha Buika

Concha Buika, cantante
“Si lo que necesitas es una historia maravillosa, fabrícala”

Tengo 37 años. Nací en Palma de Mallorca y vivo en Madrid. Estoy casada conmigo misma. Tengo un hijo de 10 años. Soy autodidacta. Vivo en un gran país que gracias al esfuerzo de los políticos ha dado un acelerón increíble. Creo en Dios, que es un acto de fe en el ser humano.

Amazonas negras
Su historia es un cuento africano poblado de mujeres fuertes que se van legando secretos y que jamás se abandonan las unas a las otras, ni vivas ni muertas. Buika rebosa de ese poder cuando dice y cuando canta, y es un placer escucharla. Sus vivencias están en sus letras y en su música, una negra que canta aflamencado, una guineana criada en Mallorca. “La música nos permite contar los secretos compartidos sin que nadie reconozca que le han sucedido”. En su nuevo disco, El último trago,la acompaña Chucho Valdés en un homenaje a Chavela Vargas en su 90 cumpleaños, que, al oírla, dijo: “Mi hija negra”. Lleva tatuados los nombres tribales de su linaje de amazonas negras, su fuerza y su debilidad.

Qué palabras lleva tatuadas en el brazo?

Los nombres de mis musas.

Bonana Sinqué.

Es la fundadora del matriarcado más grande de mi tribu, los boobe, de Guinea Ecuatorial, mi bisabuela. La única mujer que conozco que no tiene apellido de hombre. Se hizo sola.

¿Cómo es eso?

A su mamá se le morían todos los hijos y cuando ella nació era tan chiquitilla que no la quiso. La acogieron dos hermanos del padre y la alimentaron con la leche de las raíces de un árbol, el sinqué. A los tres años sus dos tíos murieron y ella quedó sola. Se alimentaba de casa en casa a cambio de algún trabajo. Vivió sola en el bosque hasta que murió, pero tuvo una hija, Kitailo, nadie sabe de quién. De ella nació un gran clan.

¿Qué le legó?

La confianza en la voz que nunca calla y que nunca se escucha: la voz interior, a través de la que nos comunicamos con nuestras células. Por eso tengo tanta fe en el arte, porque es como la sangre, somos una consecuencia, una melodía, no una asociación de notas, es una condena mágica y romántica.

Kitailo.

Mi abuela, ella me protege, he heredado su nombre. Tuvimos una unión muy hermosa a través del silencio. Ella no hablaba, ella cantaba y silbaba. Cuando quería que mi madre supiera algo y no se atrevía a decírselo, lo cantaba. Cuando ya no pudo cantar, cuando se estaba muriendo, silbaba.

¿A usted qué le hace bien?

Recordar que no soy una víctima.

Y su madre abandonó la tribu.

Una de las leyes de toda tribu es que cuando uno se va, no abandona, simplemente se va porque ha recibido muy buenas lecciones y eso le permite sobrevivir. La protección no es tener un piso bonito y dinero en el banco, la protección es la sensación de que estás haciendo lo correcto.

Su padre era un exiliado político.

Sí, un maestro que nunca supo aprender. Señalaba, corregía, exigía. Uno trata al mundo como se trata a sí mismo. No debemos ser correctos con los demás por ser educados, sino por ser sensibles, que no frágiles.

¿Qué pasó?

Él era fruto de sus miedos. De niña siempre creí que la cobardía nacía de los hombres. A mi papá se lo comieron sus sueños, confundió necesidades con caprichos.

¿Cometió un acto de cobardía?

Sí, el que presume de lo que no tiene es un gran cobarde. ¡Que fácil es decir cómo tienen que hacer los demás las cosas y que difícil hacerlas bien!

Se fue con otra.

Eso ocurre y no se debe juzgar; el problema es que se olvidó de que los hijos que dejaba atrás también eran suyos, los seis de mi madre más todos los que empezaron a aparecer, ja, ja. Pero no me siento culpable.

¿Culpable?

El victimismo es una cara de la culpabilidad. Eres víctima hasta que la edad, el estómago o la conciencia te obligan a crecer.

¿Cómo se sintió en el mundo blanco?

Iba a las audiciones con mis amigas y a mí ni me escuchaban. ¿Pero para quién no ha sido difícil? Siempre es difícil. Y ya va siendo hora de que dejemos de señalar.

¿A qué se refiere?

A lo que me toca. Dejemos eso de que los de las discográficas son unos chorizos, que no tenemos apoyo. Los cantantes debemos volver a dar la mano a los poetas; los bailarines, a bailar con músicos, a sentir la vibración de una nota subiéndoles por los pies.

Itobelê.

Mi mamá es una princesa escondida. Nos sacó adelante fregando escaleras y ahora va a la universidad. Nunca la vi llorar ni quejarse. Me enseñó a confiar, a tener fe.

Yoyo.

Mi hermana mayor. Nació con la capacidad de construir formas en el aire. La escultura monumental es algo muy complicado; estudió Bellas Artes, pero al final se rindió: “Si no dejáis que mi mundo viva aquí, me voy a vivir donde vive mi mundo”, y se olvidó de la locura social y se fue a la suya.

Luego empezaron a experimentar con ella, una medicación, otra. Ese tipo de personas traen un mensaje para todos y no pueden quedárselo dentro, eso las destroza. Aun así, la vida le trajo dos criaturas.

Se ha casado consigo misma.

Me comprometí a quererme, cuidarme, honrarme y respetarme en la salud y en la enfermedad hasta el final.

¿A qué edad realizó ese compromiso?

Cuando perdí el miedo a mi padre y le hice entender que sus bofetones ya no me asustaban, aprendí a poner el cuerpo duro.

¿Y el padre de su hijo?

Es una persona maravillosa, estuvimos juntos ocho años. Separarnos fue la mejor manera de quedarnos juntos para siempre.

¿Qué es lo importante?

Estar en paz, abrir la boca sólo para decir lo que piensas realmente.

La música.

Si lo que necesitas es una historia maravillosa, fabrícala, píntala, cántala, cuéntala. Sólo me hacía falta irme al mundo que hay detrás de los párpados para descubrirme. Dejar de inventarme un personaje para que pudieran quererme. Y al hablarnos desde ahí descubrimos que, aunque no seamos iguales, somos lo mismo.

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