ENTREVISTA A JEAN-LOUIS FOURNIER


“Me burlo de mis niños como Cyrano se reía de su propia nariz”

Padre de dos hijos discapacitados, el autor de ¿Adónde vamos, papá? habla del éxito de su libro en Francia   |  “Un hombre con un hermano discapacitado me dijo que para él es un regalo, ¡vaya regalo!”  |  “Yo he querido hacer un buen libro, no que la gente me aplauda como padre”

 

 

Xavi Ayén | París. Enviado especial | 08/02/2009.

 

 Mathieu y Thomas son “balbucientes y babeantes, más bien feúchos”, les tiemblan las manos, no ven muy bien y se pasan horas embobados ante la tele, viendo la carta de ajuste. Son discapacitados profundos. Nadie hubiera apostado por que un libro que cuenta detalles de su vida cotidiana se convertiría en un fenómeno en Francia: más de medio millón de libros vendidos, ganador del premio Fémina, finalista del Goncourt… El responsable es su padre, Jean-Louis Fournier, que, un día, decidió escribir las pequeñas historias de su vida junto a ellos, con un estilo que ha seducido por igual a la crítica y al gran público. ¿Adónde vamos, papá?, recién publicado por Destino, rehúye los lugares comunes y exhibe una honestidad y un sentido del humor poco habituales. Fournier nos recibe en su casa con jardín en el distrito 20 de París, un barrio popular “lejos de las tiendas para turistas”. Thomas vive hace años en una residencia especial y Mathieu murió muy joven.

 

Usted ha escrito más de 20 libros, pero en España es todavía poco conocido…

En Francia se me conoce, sobre todo, por haber creado hace treinta años una vaca de dibujos animados, Noireaud, era una vaca infeliz que llamaba por teléfono a su veterinario, y le contaba su triste vida. Tenía un corazón de cierva, por dentro se sentía esbelta, bella y romántica, pero estaba encerrada en un cuerpo gordo de vaca. He escrito muchos libros. En uno, he contado mis sesiones de psicoanálisis; caí en manos de un terapeuta muy triste, y yo tenía ganas de hacerle reír, lo veía tan infeliz que le contaba todas las historias divertidas que me pasaban por la cabeza, al final el hombre se puso mejor… En España se han traducido algunos, como Aritmética aplicada e impertinente o El currículum vitae de Dios, en el que explico cómo, cuando Dios acaba el mundo, se aburre y decide trabajar. Entonces envía su currículum a la Tierra. Claro, el currículum de Dios es enorme: ¡lo ha hecho todo! Enseguida le convocan a entrevistas de trabajo.

¿Y ahora?

Ah, ese es el problema. Lo suyo sería pararse, tras un éxito semejante, pero no tengo ganas, adoro escribir, para mí es un juego: por la mañana me pongo ante el ordenador y junto palabras como un niño ante su Lego, incluso por la noche pienso frases y, si no puedo dormir, las apunto. Dése cuenta de que todo el mundo tiene las mismas palabras y, con ellas, unos construyen cosas bellas y otros no. Todos los libros se construyen con los mismos materiales y unos son ilegibles y otros maravillosos.

Con este libro tenía el riesgo de caer en la sensiblería…

Hay tanta gente que cuenta su vida para hacer llorar al lector… Yo no quería que nadie me compadeciera, simplemente cuento la historia. Este libro tenía dos escollos. Tengo la impresión de haberlo escrito caminando sobre un alambre como un equilibrista, intentando no caer en dos hoyos, uno era la ternura barata, la sensiblería, y el otro era el cinismo y el humor negro. No he caído en ninguno, y lo he hecho sin cuestionar el amor que tengo hacia ellos.

¿Qué escribe ahora?

Otra cosa autobiográfica, sobre un momento de mi vida en que estaba trabajando en el cine y, de repente, decidí parar e instalarme en una granja. Es muy divertido, porque fue un desastre, yo no servía para eso: alimentaba mal a las vacas…

“Yo no soy un ángel, he sido un mal padre”. ¿No es usted un poco duro consigo mismo?

No. Intento ser honesto. Es verdad que no he sido un padre formidable. Mire, yo he querido hacer un buen libro, no que la gente me aplauda como padre. Yo soy como todo el mundo: ni muy bueno ni muy malo. Y, con hijos así, es muy difícil ser un padre ejemplar. El otro día, en una conferencia que di me vino una mujer y me dijo: ‘Usted es un padre admirable’. No, para nada, señora, yo soy un padre que no ha tenido suerte. Prefiero que me digan que soy un buen escritor que un buen padre. Mis hijos me han salido mal, pero al menos el libro me ha quedado bien. Hubiera sido mejor lo contrario, pero…

Su estilo es muy depurado, frases cortas, mucho ritmo…

Soy muy próximo al lenguaje hablado, se me oye al leerme, eso me viene de haber rodado muchos documentales y tener que conservar sólo lo esencial tras horas de grabación. Adoro tirar todo lo que es inútil. En las frases, cuando hablamos, hay un montón de ruido, de paja. Me releo una y otra vez cortando y limpiando. No podría haber hecho capítulos largos, porque he escrito muchos de ellos al borde de las lágrimas, si continuaba, alargando as cosas, me hubiera hundido, lo dejo ahí, en el punto justo para no hundirme.

No es fácil mantener el sentido del humor en una situación así. Y en el libro exhibe todas sus modalidades: ironía, humor absurdo, sátira, humor negro, blanco, metáforas chocantes, juegos de palabras…

No es algo que haya inventado para mi libro, es que soy así en la vida. Eso es lo que me ha ayudado a soportarlo. Hay gente que, cuando vive desdichas, se pone a llorar, pero otros hacemos bromas.

Al principio su canguro no le entendía…

Claro, yo volvía a casa, por ejemplo, no veía a los niños y le decía: “Josée, ¿por qué ha tirado a los niños por la ventana? Eso no está bien. Ya sé que son discapacitados pero eso no es una razón para tirarlos”. Al principio, me miraba horrorizada, pero al final ya me seguía la corriente. Mucha gente me critica por estas bromas pero el humor es algo formidable, no es maldad, uno pude reírse de alguien y quererlo muchísimo. Compadecer a alguien es muchísimo peor, eso sí que es malvado. Al burlarme de ellos, les doy dignidad. Si compadezco a alguien lo reduzco al mínimo, le arrebato toda esperanza, toda defensa, lo miro desde arriba. Si me río de alguien, me coloco en un plano de igualdad. Me río de mis niños como Cyrano se reía de su propia nariz. ¿Por qué no podemos reírnos de los discapacitados? Es como si las personas no fuéramos iguales. Y todos somos iguales: estas gentes tienen derecho a que se rían de ellos también.

Es un libro políticamente incorrecto (usted no da gracias por la bendición de haberlos tenido) pero, a pesar de ello, ha tenido un éxito brutal.

¿Se da cuenta? Siendo políticamente incorrecto, aparece un enorme masa de gente que está de acuerdo con uno. La gente dice: claro, pues tiene razón. He recibido una carta un poco estúpida de un señor que me dice: “Usted es un pesimista, yo tengo un hermano minusválido y considero que es un regalo del cielo. ¡Qué horror! ¡Vaya regalo! No hacía falta, de verdad, que se molestaran en dármelo. Pero sí, ya he vendido 500.000 ejemplares, y no hay tantos padres de minusválidos en Francia, interesa a todo el mundo porque es una alegoría de la vida, sirve para todos los problemas que tenemos. No he escrito para complacer a nadie, no he hecho un libro fácil. He hecho algo verdadero, auténtico, y la gente lo ha notado. Eso me devuelve la fe en la especie humana. Como buen pesimista, tengo tendencia a ver a mis semejantes como estúpidos, pero ahora se han roto mis esquemas maniqueos.

Usted se habrá psicoanalizado pero el libro no es nada psicoanalítico…

Para nada. Digo las cosas claramente, no intento sacar otro tipo de conclusiones. La vida de todo el mundo es muy difícil. Todos tenemos grandes problemas y disgustos. Todas las familias tienen dramas. La vida son momentos en que uno llora, y a veces también reímos. Todo el mundo ha tenido felicidad e infelicidad. A pesar de todo, la vida es formidable. Esa es la lección: que la vida vale la pena.

Por eso el lector no le acaba de creer cuando dice: hemos sido infelices.

Sí, hay momentos buenos. Pero le confieso que soy profundamente pesimista. Un pesimista que ríe. No hay de qué reir, pero me río. Es mi modo de ser. Ante las grandes desgracias, la risa nos ayuda, es un calmante. La gente feliz no necesita la risa, ya son felices. Se supone que los infelices deben llorar, y los divertidos reir. Pero es al revés: son los infelices los que deberían intentar reir. En el libro no eludo la tristeza, hay muchas tonalidades. Reir es muy valiente.

¿No tuvo la tentación de hablar más de su separación, o de sus sentimientos?

Para ser honesto, no me entendía muy bien con mi mujer y creo que sin niños discapacitados habría acabado marchándose igualmente. Ella tenía una manera de reaccionar ante este drama muy diferente de la mía, basada en el humor. Hay que decir que no ha sido divertido para ella: ser madre de dos hijos disminuidos y encima un marido que se ríe todo el día de eso… yo le parecía un estúpido, lo entiendo. Por ejemplo, le decía que les iba a regalar una navaja de afeitar a cada uno, que les encerraríamos en el baño con ellas para que se apañaran y que luego, cuando ya no oyéramos ruido, pasaríamos a recoger los trozos con una bayeta. Ja, ja, a mí todavía me hace reir. Pero ella no se rió.

Es una obra aparentemente sencilla pero con muchos niveles de lectura.

Sí. Hay gente que rechaza el tema pero luego, si entran, ven que está dirigido a todo el mundo. ¿Sabe? Lo presenté antes de que saliera a los libreros de París, en una reunión con todos ellos. Me miraban con cara seria, de pena. Les dije: sí, soy padre de disminuido, pero eso tiene muchas ventajas, como la de aparcar gratis en cualquier sitio, así me he podido comprar este enorme coche americano antiguo. Entonces empezaron a reirse y me di cuenta de que había ganado.

¿El libro ha sido terapéutico?

No, no, el libro es un libro. Lo que es terapéutico es la risa.

¿Cómo está Thomas?

Si lo ve, diría que tiene 17 años, pero tiene al menos 35, es como un pajarito.

Le ponen como ejemplo ante la tragedia…

No me hable. Una abuelita en Montpellier, esta semana, me dijo: “Señor Fournier, ¿cómo ha conseguido mantener esa serenidad ante un problema así?” ¡Pobre mujer! ¡Si pudiera ver el interior de mi cabeza! ¡Todo lo contrario de la serenidad! Incluso una revista de psicología me quería entrevistar sobre la serenidad, y les contesté: “Eso es como pedirle una conferencia sobre el caviar a alguien que cobra el salario mínimo”. Yo no he estado sereno, sino profundamente desesperado. A mí me han salvado las cosas bellas de la vida: el humor, el arte, la música, la literatura. El arte es la única cosa que nos salva, que nos ayuda a soportar esto.

Y el amor, ¿no?

Sí, sí, los sentimientos también. El capítulo sobre el amor es de los que más me costaron, hay gente que lo ignora pero yo no.

¿Cómo le ha afectado el éxito?

Un éxito así es muy interesante porque te permite hacer una selección entre los verdaderos amigos y los demás, hay gente que se ha puesto muy envidiosa. Mire esta frase de Oscar Wilde que tengo enmarcada: “Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo; simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima”. Sí, ahora hago más vida social, me invitan más a sitios, porque para una cena siempre queda bien traer al último premio Fémina.

Usted cuenta cosas tan cotidianas como sus citas con mujeres después de separarse y el horror que le daba que conocieran a sus hijos.

¡Ah, sí! Tenía miedo de que huyeran despavoridas. Una vez encontré una monitora de discapacitados muy guapa, pensé que sería ideal pero no resultó: ya tenía bastante durante su jornada laboral…

¿Por qué el título del libro?

¿Adónde vamos, papá? es la única frase que mi hijo repite una y otra vez. Es una gran frase, ¿se da cuenta? Quién supiera responderla… Es una pregunta filosófica, hecha desde un cerebro con paja en su interior. Da que pensar…

(Entrevista presa de www.lavanguardia.es)

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