Stefan Vanistendael entrevistat per Ima Sanchís


Stefan Vanistendael, referente de psicólogos por sus teorías sobre la resiliencia

 

“Queremos ser admirados más que amados, qué error”

IMA SANCHÍS  – 16/12/2008. LA VANGUARDIA.

 

Las tres gracias

Parece divertirse con sus propios pensamientos, de los que sólo te da el resumen y una risa tenue. Es consultor de la ONU y experto mundial en resiliencia (capacidad de hacer frente a las adversidades y superarlas saliendo de ellas incluso transformado), término casi milagroso que nos libra de las condenas que nacen en la infancia, aquello de que si has sido un niño maltratado serás un maltratador, si has sido un desgraciado eso es lo que serás de mayor. ¡Menos mal! Y fue precisamente pensando en las herramientas que todos tenemos para salir del foso como llegó a la conclusión de que humor, belleza y amor son las tres gracias de esta vida, de ello ha venido a hablar en la Fundació Pere Tarrés. 

 

 

57 años. Nací en Holanda, soy belga, y vivo en Suiza con una inglesa. Sin hijos, lástima. Sociólogo, jefe de investigación en la Oficina Internacional Católica de la Infancia (BICE), en Ginebra. La crítica con humor es necesaria y la espiritualidad cristiana una buena guía ética.

 

 ¿Qué tenemos cuando ya no nos queda nada? 


La capacidad de crecer a través de grandes dificultades, la resiliencia. Lo que da sentido a nuestra vida son esas pequeñas cosas que nos conectan con la vida: la amistad, la pareja, los hijos…
 

Eso no son pequeñas cosas. 

Tener responsabilidad por otro, aunque sea un gato, es suficiente. Pero se trata de vivir conectado positivamente. Y la belleza (la naturaleza o el arte) y el humor me parecen dos maneras de conectarse con la vida muy poderosa. El humor es el último tesoro, en situaciones difíciles, como dictaduras, la gente desarrolla un humor muy agudo. 

A veces sarcasmo. 

El sarcasmo es dañino para el que lo practica y para quienes lo sufren. Pero el humor constructivo nos abre la inteligencia. 

¿Y cómo nace el humor? 

En la infancia deriva de una aplicación estricta de la lógica, y me parece delicioso. Los adultos creemos que somos los más capaces de pensar lógicamente, pero no es cierto, nos lo impiden los filtros, las normas sociales y nuestra experiencia de vida. En cambio los argumentos lógicos aunque inocentes de un niño son demoledores. 

Póngame un ejemplo. 

“¿Qué quieres para Navidad?”, pregunta el papá. “Un Tampax, porque con él puedo montar a caballo, nadar e ir en bicicleta”. 

¿Por qué nos reímos tan poco? 

Porque todo funciona muy bien en la vida cotidiana, el humor viene cuando algo no funciona bien, y gracias a él no se pierde la confianza. Cuando la madre esconde su cara tras las manos, el bebé pasa de la angustia a la sorpresa de volver a recuperarla y lo hace a través del humor. 

El humor, ¿un mecanismo de defensa?

Es mucho más que eso, nos ayuda a ajustar situaciones que nos desorientan. Un señor muy viejo me dijo: “Tengo un gran problema que no puedo resolver, pero comparado con la inmensidad de la vida es pequeño”. 

Eso es un acto de realismo. 

Sí, nos permite redescubrir una perspectiva más amplia. Nos da ese equilibrio esencial entre el ideal y la realidad. Queremos ser más guapos e inteligentes, pero somos lo que somos, ese es el mensaje del humor. 

¿El humor se puede enseñar? 

Se aprende viviendo, pero uno se puede esforzar. Sabemos que la lógica extrema tiene un efecto humorístico, recuperarla puede crear bastantes situaciones oxigenantes. 

La risa es un indicador de salud mental. 

¿Cómo trabajar el humor con niños? 

Se debe permitir, establecer un clima en el que pueda fluir. El humor necesita confianza para que no se convierta en sarcasmo y algunas normas como que no te puedes reír de los otros, sino con los otros. Y no olvidar nunca que no te puedes tomar en serio a alguien que no tiene sentido del humor. 

Humor y belleza son sus caballos de batalla… 

Sí, y a menudo cuando la gente quiere ser seria pierde estas dos cualidades imprescindibles. En una ocasión un preso me invitó a dar una conferencia en una prisión francesa. En la mesa el preso puso un enorme ramo de flores, me sorprendió en una cárcel. Al terminar la conferencia dije una tontería. 

¿? 

Le pregunté al preso qué podía hacer yo con esas flores (me iba en avión). Él me miró: “Estaban ahí para embellecer el acto”, luego las cogió y se las llevó a su celda. Aquello era toda una economía de la belleza: eran las flores de la misa que él recuperó para mi conferencia y luego para su celda. 

Habla usted de humor y espiritualidad.

El juego está muy cerca del humor, es otra manera de colocarse en la vida. Con humor podemos librarnos de la obsesión de controlarlo todo. La integración de lo que no es perfecto en la vida me parece fundamental en la espiritualidad, que consiste en vivir la vida como es, con imperfecciones. 

¿Qué ha aprendido usted en la vida? 

Las malas intenciones existen, pero lo más común es que con buenas intenciones se haga daño a los demás. Hay que ser prudente con nuestras buenas intenciones y con nuestra buena conciencia. 

Sí señor. 

Bonhoeffer, gran teólogo alemán asesinado por los nazis, decía que cuando en la vida has perdido los referentes, la buena conciencia no sirve; sin embargo, la mala conciencia por lo menos te mantiene despierto. Necesitamos una trascendencia en la vida, y no estoy pensando en Dios, sino en responder a la pregunta ¿qué me hace feliz? 

Igual nos ensimisma demasiado. 

Curiosamente es una pregunta que se hace muy poco en trabajo social y con los niños. Es fácil de comprender y muy difícil de responder, pero es trascendental porque siempre nos invita a dar un paso más. 

¿La felicidad es la capacidad de integrarlo todo? 

Y la de recibir. Al principio una relación se basa en la admiración, pero llega el momento en que se descubren los puntos débiles, la fragilidad del otro y cosas peores. 

O respetas o rompes. 

Respetar la fragilidad del otro puede estar en el corazón de un crecimiento relacional muy positivo entre dos personas. Pero en nuestra actual sociedad hay una tendencia a eliminar la fragilidad, queremos ser admirados más que amados, y eso es un error.

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